viernes, 6 de mayo de 2011


No sé si estas cayendo o estas emergiendo de las propias cadenas que atoran tu mente. Estas a punto de llegar al fondo y no puedes caer más allá y solo te dejas caer. Principio de contradicción, caer para poder llegar, morir para poder nacer. Somos todos Lázaros en algún momento de nuestras vidas y solo estamos a la espera de la gota que nos rebalse, la escusa que nos impulse a asesinar el mito. En la libertad de escoger si continuar o si quedarte al final del túnel radica tu autonomía, necias ganas de morir para surgir. Cansada de sobrevivir a esquemas implantados por sistemas más antiguos a tu conocimiento. Necedad por experimentar la furia de eliminar todo paradigma. Como aquel que busca el cortante hielo de la noche sobre su rostro para poder abrigar una insignificante chispa en su corazón.

Atreverse a da un brinco sordo al vacio para saberse vivo, más vivo que nunca, necesidad suprema de sentirse, vivirse, amar, odiar, oler, oír, vivir, morir y morir mil veces para renacer y hacer la más bella luz desde la más inmensa oscuridad de tu ser. Destruir para poder construir un puente de opciones miles hacia la inmensa gama de posibilidades de experiencias que constituyen tu paso por este mundo.

Extremar lo más básico de tu ser, recocer tu instinto como fuente vital de toda energía renovadora. Asesinar el mito de que somos una verdad indestructible y suprema. Eterna contradicción de eso se trata la vida. De afirmarnos y luego volver a cuestionarnos porque no existe un solo absoluto. Llegar a la meta y no conformarnos con la liviandad de un solo objetivo. Porque no somos una verdad inamovible, somos un indescifrable todo que grita por ser redescubierto en cada experiencia. Orgásmicos y empíricos seres con el beneficio del ensayo y error. Pasionales animales que merecen morir cada cierto tiempo para poder volver a nacer más grandes y más complejos y a la vez más básicos cada día.

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